Escribo poco. Casi nada. Cuatro líneas
que después abandono. Es más, soy consciente de que si no fuera por este blog y
el anterior que tuve, que tanto me han aportado y por vosotros que me leéis,
hoy no escribiría.
Siento mi vida llena. Tengo problemas
como todo el mundo, a veces pocos, a veces muchos, pero dejo que fluyan para
que el parón sea lo más corto posible. El problema sigue estando vivo pero procuro
darle más relevancia a lo verdaderamente importante.
En alguna ocasión he leído que quien
habla constantemente de los mismos problemas es porque los tiene y los siente.
Y que el escritor, repitiendo una y otra vez las mismas angustias, las percibe
como si fueran recientes.
Estoy en medio del monte, custodiando
unas casas y de entre la maleza, hallo un gato de color tofe que me visita. Con
sensual andar, se acerca a medio metro deteniéndose junto a mí. Sus ojos, de
penetrante color miel, me miran interrogantes y al encontrar a los míos
recorriendo su cuerpo, maúlla todo su ser.
Se aparta aunque no se aleja demasiado.
Apoyando su trasero en el suelo, adopta la típica postura del gato sentado
mientras enrosca su cola alrededor de las patas. Allí observa el panorama. Las
hojas multicolores que el otoño ha regalado a la tierra, los petirrojos, cuyos
saltos de rama en rama le hacen estar alerta y mi sorpresa al sentirlo tan
cercano.
Llevo al papel las primeras líneas de
este escrito, cuando sin previo aviso, el gato restriega su felino cuerpo
contra mis piernas. Me asusto pero me alegra su valiente actitud que hace que
disfrute de ese momento. Repite sus andadas de nuevo y por varias veces…
¡Qué fácil es ahora el camino!















