martes, 16 de agosto de 2011

Como de película






El avión es pequeño, destino a casa. Dos filas de primera clase. Estoy sentada en el 4C, asiento.
Desde mi posición le observo. Una camisa azul a rayas y unos pantalones vaqueros. Conversa con una  de las azafatas y con el comandante del vuelo. La puerta del avión, todavía abierta, le sirve de respiradero. Nos avisan por megafonía que en breves instantes despegaremos. Con el vaso de agua que le han ofrecido se traga una pastilla y tranquilidad a sus sesos. O eso creo.
Un pasajero de primera clase pregunta a la azafata qué sucede. Parece que el hombre de la camisa azul tiene miedo a volar y se le suma claustrofobia al asunto. El comandante de la nave le llega a ofrecer entrar en cabina. ¡Entrar en cabina! Vamos todos aviados si le da un yu-yu  ahí dentro.
El asiento situado delante de mí está libre. En vez de sentarse en el que le correspondía, bastante más atrás, lo sitúan allí, 3C. Cierran la puerta y comenzamos a movernos.
Echa los brazos hacia atrás y se sujeta al respaldo del asiento. Mientras el avión se mueve por la pista hasta situarse en la de despegue, gira repetidamente la cabeza hacia atrás mirando el interior del habitáculo en el estamos metidos. Nos detenemos. Hay varios aviones esperando para despegar. Pasan diez minutos. La azafata se levanta y se acerca. El hombre del 3C le dice que quiere bajarse del avión. Avisan de que hay un pasajero que se encuentra mal y que volvemos a la terminal. Regresamos, el pasajero desciende pero ahora resulta que hay que buscar su maleta entre todo el equipaje. Un cuarto de hora más.
El calor nos atrapa. La azafata recorre el interior del avión con una bandeja sobre la que transporta vasos llenos de agua. Han encontrado la dichosa maleta. ¡Vete en coche!
Otro aviso. Se ha estropeado el aire acondicionado. Hay que desembarcar. Todos a la calle bajo la sombra del avión. Otros diez minutos hasta que llega un autobús a recogernos. Entramos por la misma puerta por la que salimos. Tienen que sacar todo el equipaje del avión para llevarlo a otro. Tiempo indeterminado de espera. ¡A saber para cuando nos vamos!
Tres horas más tarde de la hora de salida, fletan otro avión que por fin nos lleva a destino. Al aterrizar se deshace el nudo que tenía en la garganta.
Una de las maletas llega destrozada. Menos mal que tiene forro por dentro y no se ha caído nada.

Llegamos a casa. ¡Amén!




3 comentarios:

TriniReina dijo...

Son cosillas que hay que sufrir, aunque no paguemos billete por ellas:(
En fin, que afortunadamente todo quedó en una anécdota más del viaje.

Bienvenidos

Besosssss

Nome : Giovenale Nino Sassi dijo...

Buenos días

Ojo de fuego dijo...

trini: Ayyy, pero no no imaginas que show. Para escribir una escena de teatro. Fue increíble.

Besos

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nino: Grace mile.