miércoles, 20 de abril de 2011

Aquellas tardes de domingo







Andamos con un rumbo fijo, sabiendo a dónde nos dirigimos. A pesar de los años transcurridos, el sendero es el que era aunque con unas pocas variaciones.


La fuente no está en el mismo sitio que hace veinticinco años porque han cambiado su ubicación. Ahora se halla situada junto a la mesa en la que compartíamos aquellas tardes de verano, la comida que cogíamos a escondidas de los armarios de casa. Cuando llegábamos allí, llenábamos aquella base de piedra de latas de mejillones, sardinas y berberechos, bolsas de patatas, jamón dulce, chorizo, pan y comíamos sin descanso hasta que se terminaba todo.

La otra mesa todavía está allí pero ya no hay banco circundante donde sentarse. Esa zona se ha convertido en un lugar lleno de zarzas y ortigas. Ahora hay un camino nuevo a la altura del puente del yogur.

El puente del yogur. Una de mis amigas me untó la cara con yogur y salió corriendo y como no, la menda detrás de ella. Atravesó el puente, pero yo terminé espatarrada en medio. No me caí abajo por poco. Se me escapó el zapato aunque no cayó al vacío. A pesar de sentir dolor en la rodilla, mi única preocupación era aquel zapato de ante negro. Cuando me incorporé, el zapato seguía allí, esperándome, mientras mi rodilla sangraba profusamente. Cuando bajamos del monte, aquella herida descendió taponada con una servilleta como las que parecen ponerse los vaqueros en el cuello en las películas del oeste.

De aquel grupo de chicos y chicas que trepábamos todos los domingos al Faro de la Plata, hemos estamos ahí arriba, tú y yo, sentadas en aquella mesa que tantos buenos momentos nos dio.

¿Recuerdas el día que comenzó a llover y tuvimos que meternos debajo de la mesa?

Hoy hemos vuelto con nuestros hijos. Bocatas, ensalada y yogures nos han acompañado. Junto a la mesa pasa mucha gente. Aquel recuerdo de nuestros años jóvenes, hoy forma parte del camino de Santiago. Pero a pesar de toda la gente, aunque nuestras vidas sean distintas, hay una intimidad entre nosotras que sigue ahí, donde quiera que vayamos, escondida en espera de darle la oportunidad para asomarse. Te cuento y me cuentas y a veces hay lágrimas y a veces hay risas, como las que hemos reído hoy…

Volver con nuestro futuro de la mano ha sido precioso, mágico y seguro que este verano nos dejamos caer por allí otra vez.

Por cierto, tu hijo se ha hecho daño en la misma rodilla que yo hace veinticinco años…







5 comentarios:

Nome : Giovenale Nino Sassi dijo...

Sono felice di averti come amica

TriniReina dijo...

Que bonitos recuerdos. He estado allí con ustedes:)
Lindo es regresar con los hijos a aquellos lugares que nos marcaron: la memoria, las rodillas...

Besos

Estrella Altair dijo...

Tengo esos recuerdos y los he paseado y sentido tambien con mis hijos.

y ha sido hermoso como tu relato.

Un beso

Mª José dijo...

Hola saltando y trotando por los blogs he conocido el tuyo.
Me gusta lo que cuentas y como lo cuentas, así que me quedo (*.-)
Hasta pronto
Besos de colores creativos

Ojo de fuego dijo...

nino: Lo pasamos muy bien los niños, mi amiga y yo...
Besos
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trini: Creo que es maravilloso voverse a sentir en aquellos lugares que tanto significaron, que tanta importancia tuvieron siempre y volver a vivir esos momentos...
Besos
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estrella altair: Es genial tener esos recuerdos y sentirlos de nuevo, porque además ellos los recordarán de nuevo cuando se hagan adultos, y los sentirán especiales... O eso creo...
Besos
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mª José: Pues me alegro que te guste lo que cuento y como lo cuento. Soy lo que soy.... Un todo.
Besitos también para tí...