
Hace tiempo tomé la decisión de no volver a escribir sobre ciertos momentos vividos en el pasado que, aunque responsable de parte de mi presente, no podían sentirse protagonista en el día a día.
Así con el pasar
de los años, han encontrado un pequeño lugar donde sentarse y dormitar. Me
percaté de que si seguía persiguiéndolos y escribiendo sobre ellos no
terminarían y seguirían flotando en el aire y podían llegar a tornarse espesos
y recalcitrantes.
Los privé de
vida y pintándolos de desesperanza para no pensar en ellos. Con esta decisión y
la compañía de mi libertad al lado, apenas me afectan en el hoy, pero con el
camino, siento que me han ido quedando algunas ilusiones por el camino, con el
transcurrir de la rutina. Pero es el sendero que tomé, consciente como soy y no
me permito hablar sobre ello.
Quizá coarto más
de lo que debiera, porque el “aprender a estar” no es siempre beneficioso. Lo
bueno es que el hecho de engañarme se alejó hace tiempo. Es mejor sentirse con
la realidad de frente.
Lo malo son estos
primeros días de primavera, en los que por todo y por nada, tengo ganas de
llorar, como todos los años…












