Suenan tintineos.
Las cucharillas habitan las tazas
y planean sobre las mesas, carcajadas.
El pan crece entre las paredes del horno
mientras expande su aroma a masa.
Periódicos y revistas de letras cargadas
esperan a ser por lectores adquiridas
ávidos de saber y conocer
calamidades del mundo y alegrías.
En el suelo, una servilleta de papel arrugada
junto a mi mesa en la que le vive una taza
pegada a un plato pequeño al que le falta,
de yema y rica naranja, una pasta.
El expositor de las dulces tartas
adorna su cristal con estrellas de escarcha,
trozos de blanco hielo en las resistencias
y sabores congelados de colores y nata.
La dependienta tras el mostrador
“cielo” y “cariño” al atender nos llama.
Desde la mesa la observo y ella,
desde su posición, me mira extrañada.
Brotando de su boca, a golpes de guapa,
al cliente, con suave dulzura y mimo trata.
De miel para los oídos, silba su voz cargada.
Como golosos dulces ofrecidos, le sabe el alma.


















